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Inflamación celular y obesidad: el camino a la adicción

¿Sabías que quienes padecen obesidad presentan lo que se conoce como un estado inflamatorio de bajo grado? Todavía no se conoce si dicho estado precede o sucede al aumento de peso, aunque está claro que la relación entre inflamación celular y obesidad existe. A continuación te explicamos en qué consiste y cómo resolverla.

El estado inflamatorio propio de las personas con obesidad pone de manifiesto una vez más que nuestra conducta alimentaria -pensamientos, decisiones y acciones relacionadas con la alimentación- va más allá del querer o no querer, siendo nuestra relación con la comida mucho más compleja que eso.

 

Obesidad: de la inflamación a la adicción

‘Menos plato y más zapato’. Con esta cansina cantinela despachan en muchas consultas médicas, todavía hoy, a las personas con obesidad. Es una forma de decirles, con rima incluida, que todo consiste en comer menos y moverse más; de decirles, con rima incluida, que si están gordos es porque quieren, ya que el remedio es tan sencillo como simple: menos plato y más zapato.

Decirle a una persona con obesidad que «deje de comer»…

Decirle a una persona con obesidad que ‘deje de comer’ es similar a decirle a un cocainómano que deje de meterse coca. ¿Os parece una exageración?

Pues eso es lo que hoy os quiero plantear: que la obesidad puede ser una enfermedad causada por una adicción, y no solo desde una mirada ‘social’, sino también neurológica. Cada vez más estudios nos hablan del circuito de motivación y recompensa, y de que tanto en personas con obesidad como en los consumidores de cocaína se observan las mismas rutas neurológicas que conducen a un comportamiento adictivo.

 

 

Esta idea de adicción es la que provoca que la mayoría de las personas obesas no logren mantener bajo control su ingesta de alimentos y fracasen dieta tras dieta. Si os dais cuenta, el ciclo se repite de manera similar en la distintas adicciones:

  1. Consumo excesivo de alimentos (o de drogas)
  2. Restricción alimentaria (o abstinencia de drogas)
  3. Recaída: volvemos al consumo sin control

Similitud entre los sustratos neurobiológicos

Y ahora se conoce la similitud entre los sustratos neurobiológicos que impulsan tanto la búsqueda de drogas como la de alimentos. En el centro está un sistema de nombre horroroso: es el sistema de neurotransmisión dopaminérgico mesocorticolímbico, situado en una zona en la profundidad del cerebro. De forma muy sencilla:

  • Al comer (o al drogarnos) se produce una liberación de dopamina que estimula el circuito de recompensa. En consecuencia, sentimos placer.
  • Para que no nos dejemos arrastrar por el placer, contamos con un sistema regulador y de control que frena y mantiene bajo control el circuito de recompensa.

En este circuito de control juegan un papel crucial los receptores de dopamina D2. Su mayor o menor presencia va a ser determinante a la hora de que algo nos recompense mucho o poco, de que el ‘chute’ a la hora de comer o de drogarnos tenga mayor o menor intensidad.

Los receptores D2

¿Qué ocurre? Que, a base de ‘sobreexcitarlo’ (tanto con azúcar como con cocaína, por ejemplo) se puede terminar modificando el sistema de recompensa: nos cargamos los receptores D2. Si desaparecen los receptores D2, cuando consuma aquello que antes me generaba placer ya no encontraré esa recompensa; necesitaré, en consecuencia, más y más. Sin receptores del placer, mi cerebro no percibirá la dopamina y vendrá el atracón. Aparecerá el mono, la compulsión.

Encontramos, así, tres quejas que son comunes tanto en personas obesas como en personas adictas a las drogas:

  • Falta de control sobre la ingesta de comida o el consumo de drogas
  • Consumo de drogas o de alimentos sin lograr la saciedad
  • Una mayor preocupación por las drogas o por la comida

 

Obesidad: de la inflamación a la adicción

Y encima… Te lo ponen más difícil

Las investigaciones recientes nos señalan, además, que quienes padecen adicciones son personas con una vulnerabilidad previa, y es esta vulnerabilidad biológica la que facilita que alguien tenga más papeletas para perder el control en la búsqueda de recompensas. ‘No es adicto quien quiere, sino quien puede’, dicen los expertos en neurobiología, que subrayan, además de ese trastorno crónico de las funciones cerebrales, una marcada influencia de los factores biológicos, genéticos y psicosociales.

 

Y de esto sabe mucho la industria alimentaria que -salvando las distancias legales- tiene, al igual que los cárteles del narcotráfico, un amplio conocimiento de lo que genera adicción. ¿Alguna vez tenemos ‘mono’ de judías verdes, de naranjas o de salmón? No: el mono se siente hacia los alimentos innecesarios e hipercalóricos. La industria fabrica productos con altas concentraciones de grasa, sal y azúcar, pues saben que es así como se perpetúa el refuerzo. Esto entronca con lo que os decía más arriba al hablaros de los receptores D2 y los atracones: si no tengo receptores D2, tomar comida normal no me va a saciar, necesitaré comida más palatable. Buscaré comida basura.

Intentar recuperar el hambre y la sed reales

Pero, en esta trampa, podemos encontrar también el camino de salida: intentar recuperar el hambre y la sed reales. Redescubrir la sensación de comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. No por costumbre, estrés, ansiedad, rutina, aburrimiento o soledad.

 

Este camino transita también por la ruta del ayuno intermitente. Bueno, mejor no usar este término, que se ha distorsionado cuando lo han convertido en ‘tendencia’ eliminando toda su base científica. Recientemente vi un reportaje, supuestamente serio, en televisión. Se hablaba de ‘los riesgos del ayuno intermitente’ señalando que, si uno pasa muchas horas sin comer, cuando llega a la mesa se atiborrará de chocolate, grasas y bollos. ¿¿Cómo?? Si uno no tiene en casa basura, no comerá basura. El ayuno intermitente no consiste en restricción 16 horas y barra libre de porquerías las ocho horas siguientes, sino en ajustar la frecuencia de las comidas a nuestras necesidades.

 

Lo importante es, repito, comer cuando se tiene hambre. Y, para eso, debemos dejar que transcurra tiempo entre ingesta e ingesta, eliminando la idea de la comida como recompensa o confort emocional.

 

A desinflamar las emociones

La idea de obesidad como adicción -y no como elección- nos sirve para despertar la empatía, la compasión y la comprensión. Para buscar soluciones más allá del plato y del zapato. Pero la obesidad es todavía mucho más: es un tema de salud integral en el que influyen infinidad de factores. Entre ellos, una vez más, la inflamación.

  • No es la comida la que genera obesidad, sino las decisiones que yo tomo.
  • Si estoy inflamado, tomaré decisiones inflamadas.

 

Es algo de lo que ya os he hablado más veces: ante estímulos irrelevantes, un aparato digestivo inflamado genera respuestas neuroendocrinas desproporcionadas: mayor actividad inmunitaria y del sistema nervioso simpático (de alarma), mayor activación de los distintos ejes neurohormonales: eje de estrés (HPA,) eje tiroideo (HPT) y el eje gonadal (HPG).

Y, ¿qué nos produce esta activación de manera crónica? Literalmente, nos hace más lentos y torpes. Y esta lentitud y torpeza, llevadas al terreno de la alimentación, me hará decidir mal lo que como y cuándo lo como. Me hará buscar recompensas equivocadas ante conductas que no tenga resueltas. Y es más: si tengo una disbiosis que sobreexcita mi sistema inmunitario, esa inflamación puede cargarse los receptores del gusto en la lengua, por lo que me costará encontrar sabor y buscaré comida más palatable.

 

Vayamos al comienzo

Cuantos me conocéis sabéis que, cuando trato de entender por qué se produce un fenómeno, siempre vuelvo la vista atrás, a nuestra primera infancia e, incluso, a la gestación. También ahora quiero volver a este punto, retomando esa frase que mencioné líneas arriba: no es adicto quien quiere, sino quien puede. Porque esa vulnerabilidad hacia las adicciones de la que hemos estado hablando puede comenzar a tomar forma desde antes incluso de que nazcamos.

Pensemos que la forma en que interpretamos la vida se configura desde antes de que tengamos conciencia. Desde niños interpretamos el concepto de recompensa -que puede ser el amor, la seguridad o el contacto social- y en esa interpretación vamos decidiendo la importancia que el ‘premio’ y el ‘consuelo’ tendrán en nuestra vida. Por decirlo de una manera muy gráfica, estaremos ya desde niños comprando más o menos papeletas para que nuestro circuito de motivación y recompense quede tocado.

Si, además, con los años vamos confundiendo a nuestro sistema inmunitario y construyendo un escenario de inflamación, seguiremos comprando más y más papeletas para que la búsqueda de un placer cada vez más esquivo nos enganche y termine adueñándose de nuestra vida y de nuestra felicidad. Más y más papeletas para comer sin hambre, para beber sin sed. Y es posible que sea entonces cuando alguien en alguna consulta nos diga aquello de ‘menos plato y más zapato’

 

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